
Es plausible recordar a esa pléyade de maestros que dieron sus luces y su abnegación a la enseñanza de la niñez y la juventud. Fueron sembradores de las Bellas Artes modelando almas para llenar ampliamente una misión, un ideal que es el principio de los pensamientos caballerosos donde germina en cada alumno un espíritu superior bajo los fundamentos de seguir el camino de esa actividad artística para que sean modelos en su género sin apartarse del terreno del bien y del honor. La perseverancia rige en cada estudiante porque es la fuerza constructiva donde tienen que florecer los dones del talento creador.
El artífice de este prestigioso establecimiento fue el arquitecto y fundador don Franklin Anaya Arce. Puso en práctica sus sueños de construir este instituto de educación académica y artística. Con esa fortaleza y su incansable energía llegó a alcanzar sus anhelos por el bien de la niñez. Don Franklin fue uno de esos personajes de noble corazón y de gran talento, muy propio de los grandes intelectuales. Qué mejor homenaje que recoger sus sabias palabras: “El día que todos los hombres canten no habrá más guerras sólo paz”. Estas muestras de altruismo engrandecen al ser humano con el único propósito de hacer el bien.
A través de estos años el colegio Laredo fue enriqueciéndose de ese gran valor humano, pasaron por sus aulas muchos jóvenes talentosos. Es así que siguen desarrollando en cada niño el carácter de sus aptitudes morales físicas como un complemento de la esencia de la vida por el camino donde se lleve la naciente cultura. Hoy el Instituto Laredo es dirigido por Franklin Anaya Giorgis (nieto del fundador) quien recogió ese legado de sus antecesores. “Donde hay una voluntad hay un camino”, con esa satisfacción de ser útil y servir con la llaneza del hombre sencillo y bueno. Así, el Instituto Laredo que se coronó como Patrimonio Cultural de Bolivia seguirá cosechando lauros.
Fuente: Opinion
No hay comentarios:
Publicar un comentario